29/08/2026 DÍA DE LA PERSONA DONANTE DE ÓRGANOS
DEJAR HUELLAS: LA HISTORIA DE UNA FAMILIA DETRÁS DE UNA DONACIÓN
Hablar de donación es, muchas veces, poner el foco en quienes reciben un órgano o un tejido y en todo lo que vuelve a ser posible a partir de un trasplante. Pero también es hablar de esas historias que pocas veces se cuentan: las de quienes se quedan.
En 2018, la Ley Nacional N.º 27.447 estableció que toda persona mayor de 18 años es donante, salvo que haya expresado su voluntad contraria. En 2023, la provincia de Buenos Aires adhirió mediante la Ley Provincial N.º 15.419. Anteriormente, la Ley N.º 26.066 había incorporado la figura del donante presunto, aunque contemplaba la intervención de la familia ante la ausencia de una manifestación expresa.
La historia de Hugo ocurrió antes de la Ley N.° 26.066, en una época en la que la decisión de la familia tenía un peso diferente al que tiene actualmente.
Hablar de donación es, muchas veces, poner el foco en quienes reciben un órgano o un tejido y en todo lo que vuelve a ser posible a partir de un trasplante. Pero existen otras historias que pocas veces se cuentan: las de quienes se quedan. Porque detrás de cada donante hay una familia, afectos y momentos compartidos. Y quienes quedan deben aprender a convivir con esa ausencia mientras transitan uno de los momentos más dolorosos de la vida y, al mismo tiempo, forman parte de un acto de enorme solidaridad.
La de la familia de Hugo es una de esas historias, en las que las charlas de sobremesa sobre la solidaridad, los ejemplos y las enseñanzas marcaron para siempre sus vidas.
Esta vez, el relato comienza desde el recuerdo, desde ese “tener presente” a quien ya no está físicamente y reencontrarlo, con el paso de los años, en una anécdota, una palabra o un encuentro inesperado con alguien que lo conoció.
Cuando le preguntan a César, hijo de Hugo, quién era su papá, la respuesta aparece casi inmediatamente: “Era un gran tipo, porque era mi papá; para mí era todo”.
Hugo era ferroviario y vivía junto a su familia en Lincoln, una ciudad ubicada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. César, su único hijo varón y hermano de tres mujeres, recuerda especialmente los viajes que compartían. Por el trabajo de su padre, muchas veces podía acompañarlo y subirse con él al tren. Son imágenes de una infancia que, tantos años después, permanecen intactas. “Mi niñez fue increíble”, recuerda.
La casa familiar también habla de quién era Hugo. Por allí pasaban vecinas, vecinos, amistades y trabajadores del ferrocarril que realizaban tareas en las vías y a quienes invitaba a compartir la mesa. Le gustaba reunirse con sus afectos, recibir gente y hacerla sentir parte.
Así era Hugo: sociable, compañero, amigo, hijo, esposo y padre. Aunque falleció hace 26 años, dejó un sinfín de recuerdos que César, su mamá y sus hermanas aún siguen descubriendo.
Cada tanto, César se cruza con alguien que lo reconoce como “el hijo de Hugo” y que tiene una nueva historia para contarle. “Sos igual a tu viejo”, le dicen. “Es muy loco que después de 26 años siga conociendo a mi viejo cuando ya no está”. Cada uno de esos encuentros le devuelve una parte de su historia.
“Fue mucha la tristeza, pero ahora nos acordamos de él y nos reímos. Tenerlo presente de esa manera hace que sea mucho más fácil para quienes lo amamos”, explica emocionado.
La idea no es olvidar lo sucedido, sino recordarlo como era.
LA RESPONSABILIDAD DE UNA DECISIÓN
Cuando Hugo murió, la mayor de sus hijas tenía 11 años y César, apenas 10. En la familia prácticamente nunca se había hablado de donación de órganos y, por la edad que tenían, hasta entonces los chicos solo habían escuchado hablar de la donación de sangre.
En medio del dolor y de una situación completamente inesperada, fueron la mamá de César y uno de sus tíos, que tenía una relación de profundo afecto con Hugo y con toda la familia, quienes asumieron la responsabilidad de acompañar y llegó una decisión compartida: que Hugo fuera donante.
Para un pibe de 10 años, comprender lo que significaba fue complejo. César recuerda que en ese momento se negaba rotundamente, pero hoy, con el paso de los años, entiende que “fue un egoísmo inocente de su parte”.
Hugo había sembrado semillas a través de sus gestos, sus convicciones y su manera de estar presente ante las necesidades de quienes lo rodeaban. Por eso, su familia decidió actuar de acuerdo con su forma solidaria de vivir y de pensar en los demás que siempre lo había caracterizado.
Pasaron los años y aquella decisión adquirió otro significado. Las preguntas también cambiaron. Ya no estuvieron relacionadas únicamente con la pérdida, sino también con las personas que habían recibido una nueva oportunidad de vida gracias a la donación.
Y entre todas esas preguntas también aparecieron certezas, quizás las que más orgullo le generan: “Saber que hay otras personas que están viviendo gracias a que mi viejo fue donante nos genera un gran orgullo”, cuenta César.
Con el paso del tiempo, su mamá es también quien se ocupa de mantener viva su memoria y de transmitir a sus cuatro hijos los momentos compartidos.
César ya no vive en Buenos Aires, pero cada vez que regresa vuelve a encontrarse con su historia. Hoy tiene muy claro que aquella decisión que tomaron en familia, muchos años antes de la entrada en vigencia de la Ley Nacional de Trasplante N.º 27.447, fue la acertada.
“Siempre que se pueda aportar algo para ayudar a alguien o se pueda salvar una vida, cuenten conmigo; me pone feliz hacerlo”, resume.
UN SOLO DONANTE PUEDE SALVAR O MEJORAR LA VIDA DE HASTA DIEZ PERSONAS
Durante 2025, la provincia de Buenos Aires tuvo un rol determinante en el sistema de donación y trasplante del país, ya que aportó casi el 40% del total nacional de donantes de órganos y tejidos que beneficiaron a pacientes de la Provincia y de otras jurisdicciones argentinas.
Hasta junio del corriente año, hay 4.641 bonaerenses inscriptos en lista de espera para recibir un trasplante.
