MUERTE HUMANA
Autores: Dr. Carlos Soratti*, Dr. Daniel Flores**.(*) Médico especialista en Terapia Intensiva. Presidente de CUCAIBA (Centro Unico Coordinador de Ablación e Implante de la Provincia de Buenos Aires), Presidente de AAPROTT (Asociación Argentina de Procuración de Organos y tejidos para Trasplante Asociación Médica Argentina).
(**) Médico Neurólogo. Coordinador del Servicio Provincial de Procuración de CUCAIBA.
Es una tendencia inherente a las ciencias (y en lo que nos atañe, a la Ciencia Médica) intentar definir los distintos fenómenos, conceptos, procesos y parámetros que utiliza. Con frecuencia esta tendencia confronta con la imposibilidad de definir conceptos de tipo universal, los cuales por sus características no pueden ser definidos siguiendo la lógica clásica (una definición describe el campo en el que el concepto se halla insertado). No obstante la Ciencia Médica utiliza y aún mensura muchos de estos conceptos (ej. tiempo, energía) sin ser posible obtener una definición lógica de los mismos. Esto puede ser aplicado a dos conceptos en el tema que nos atañe: vida y muerte, ambos son tratados, y mensurados sin reparar en la definición de los mismos (ej. Tasas de natalidad y mortalidad). A tal respecto, las generalmente declamadas definiciones, no son realmente desde el punto de vista conceptual, sino una enunciación de criterios o condiciones para declarar que tales eventos han ocurrido; podría reservarse el término definición operativa a tales efectos.
Es sabido que el establecimiento de criterios médicos en la determinación de muerte se ha dado en los últimos siglos , en principio pautando o reglamentando criterios de origen no médico (ausencia de respiración, circulación, hipotermia, rigor y livor mortis, etc.) siendo la introducción de métodos instrumentales bastante más recientes (con la invención del estetoscopio, por Laennec). La tendencia general es para ese entonces la determinación de muerte en un sentido negativo, esto es: constatación de la ausencia de funciones llamadas vitales. En este sentido Virchow las enumeró como: respiratoria, cardiovascular, nerviosa y termorreguladora (siendo, en estas dos últimas, una de las primeras menciones de las funciones encefálicas como necesarias para considerar a una persona viva, y por ende su ausencia en el caso de muerte).
Es en este siglo cuando la Ciencia Médica alcanza su patrimonio absoluto en la determinación de muerte (y explícitamente refrendado por el papa Pío XII). En forma paralela, el desarrollo de la misma introduce técnicas que permiten suplir funciones consideradas, hasta entonces vitales (técnica de resucitación, circulación extracorporea, respiradores, etc.). El desarrollo de estas técnicas genera nuevos ámbitos, que luego devengarían en llamarse Unidades de Cuidados Intensivos. En estos nuevos ámbitos comienzan a reportarse pacientes con lesiones primarias encefálicas, que son mantenidos durante un tiempo variable con ARM, uso de inotrópicos, etc. A tal respecto constan los informes de Mollaret y Goullon, y el grupo neuroquirúrgico de Lyon, donde describen estas circunstancias como muerte del sistema nervioso central (año 1959). Instalado el debate en la comunidad médica, la Universidad de Harvard designa un comité que se expide en 1967 con un posicionamiento publicado en JAMA : Irreversible coma: a new definition of death.
Es importante remarcar estos hitos, aún cuando existen precedentes aislados (Cushing mantuvo un paciente con tales características por 24 hs. en 1900), dado que a partir de entonces la discusión de los criterios de muerte se restringe a especialidades más acotadas de la medicina, especialmente la Neurología y adicionalmente el Intensivismo ( y aún la anestesiología). A partir de entonces surgen múltiples grupos de trabajo que proponen criterios, y se procede lo que podíamos llamar una explosión terminológica, las distintas corrientes de la neurología comienzan a hablar de muerte cerebral, muerte encefálica, muerte troncal, muerte neocortical y, por supuesto muerte clásica, con la intención (presunta) de diferenciar sus criterios integrados en un protocolo que invalide a todos los precedentes o simultáneos.
Sin embargo existe entre estas distintas corrientes dos características paradigmáticas: coinciden en criterios suficientes para declarar la muerte, coinciden que la constatación de estos criterios es equivalente a la muerte humana. Por tanto la adjetivación de la muerte no tiene sustento, en tanto y en cuanto quienes afirman en bases neurológicas cualesquiera sean, coinciden en que es la única forma de la muerte humana. A pesar de que la terminología se ha instalado en los ámbitos médicos, y aún en la sociedad, sería deseable que volviéramos a hablar sola y sencillamente (o no tanto) de muerte.
En lo que dimos por llamar definición operativa, la controversia continúa en el terreno neurológico (y es natural que así lo sea porque ha sido materia de discusión a lo largo de la historia humana).
CONCLUSIONES:
Actualmente la comunidad científica acepta como criterio suficiente de muerte aplicable al humano (y aún a todos los animales superiores) el cese irreversible de las todas funciones integradas a nivel encefálico, ocasionado por una lesión primariamente encefálica o secundario o un paro circulatorio (como sucede en la mayoría de los caos de muerte natural). Esto reafirma el concepto de que la muerte no ha cambiado, sino que han cambiado las circunstancias en que se produce y la forma de determinarla. Es importante acotar en este punto que el criterio suficiente anteriormente expuesto, ha inspirado a la legislación argentina sobre diagnóstico de muerte en la ley de trasplante (artículo 23 de la Ley Nacional 24.193) sin contraponerse con la legislación de base (Código Civil), dado que las actuales definiciones operativas de muerte no confrontan en punto alguno con el (amplio y previsor) concepto de muerte natural expresado por el Dr. Velez Sarfield en el mismo.
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